Los campanarios valencianos son espacios de mujeres

Campanarios valencianos

Las mujeres asumieron importantes responsabilidades frente los toques de campanas que marcaban las partes del día y los hechos de los pueblos valencianos.

Adentrarse en el estudio de los usos tradicionales de las campanas valencianas es hacerlo en un paisaje ruinoso. Hace más de medio siglo que las cuerdas con que durante siglos los sacristanes y campaneros habían gobernado la vida de sus pueblos, comenzaron a ser arrinconadas por los motores. La llegada de la electricidad a los campanarios -de la mano de algún otro factor- aumentó las distancias que separaban las estancias donde se situaban las campanas con el interés de la sociedad hacia ellas. Y en tres o cuatro décadas pocos fueron los que, magnetófono en mano, se sentaron a escuchar a los mayores.

Iglesia Campanarios

La aproximación ahora a los hijos y las hijas de aquellas personas es ya tan difícil como necesaria para reconstruir, casi con las dotes del arqueólogo, los últimos vestigios de unas sociedades extintas primero y desaparecidas poco después de la memoria co lectiva a la luz de una modernidad mal entendida.

A aquellas personas osaban preguntarles por la identidad del último campanero de su pueblo y muchas de ellas coincidían en una misma respuesta, desconcertante en un primer momento, pero que poco después conducirnos a una firme conclusión: algunos de ellos negaban la existencia de campaneros, en detrimento de familias enteras que compartían responsabilidades en el campanario de la parroquia.

Aquella afirmación, llena de verdad, no coincidía con los datos que vertía la documentación archivística que habíamos consultado. Los archivos están llenos de contratos -y de algún despido- a campaneros, siempre hombres de una edad media. Personas que, incluso en las grandes iglesias diocesanas, compaginaban sus responsabilidades en el campanario con otro oficio que, de hecho, era el que servía de sostén a la familia, ante las irrisorias pagas que las parroquias solían darles los servicios prestados .

Cada mañana al toque del alba -que hacían el monaguillo o alguna sacristana- el cabeza de familia se iba lejos de casa, para dedicarse hasta el atardecer a sus quehaceres. De este modo, cuando el pueblo moría un vecino y el sacristán o el rector acudían a la casa del campanero para solicitar sus servicios, únicamente debía abrirles la puerta la mujer, que se había quedado en casa velando del hogar.

Inmediatamente, con la llave del campanario, que la parroquia le había entregado a su marido el día de su contratación, la madre era la encargada de suplir la ausencia del cabeza de familia en la torre y de señalar, con el repique que su marido le había enseñado, la muerte de aquel miembro de la comunidad. Y del mismo modo horas más tarde, en el entierro de esa persona, así como en las fiestas, en que se requería la presencia en el piso de las campanas de más de una persona, el campanero -para evitarse el pago a ayudantes- rodeaba de su familia.

Así, por ejemplo, uno de esos informantes que negaba la existencia de los campaneros como nos solitarios, el hijo del último campanero de Picanya, rememoraba como cada entierro y fiesta debían subir al campanario a voltear, su padre, él mismo y su madre, que transitaba con mucha más frecuencia las escaleras de la torre que su marido.

Las parroquias debían ser conocedoras de aquella realidad y aceptarla, al fin y al cabo, como la única vía posible para perpetuar un servicio, el del toque de campanas, tanto útil para la población como para la misma Iglesia, deseosa de controlar el ritmo de vida de la comunidad desde sus muros.

De este modo se explica que este modelo de organización familiar se repitiera lo largo de toda la Huerta de Valencia -y con toda probabilidad también fuera de ella- donde se suceden casos similares al de Picanya, en poblaciones como Alaquàs, Aldaia, Alfafar o Albal, donde dos mujeres, Vicenta Hernández y Rosita Rotglà, tomaron el timón de los toques de campanas durante una larga etapa.

Una estancia intermedia de la Torre de Jérica, en el Alto Palancia, sirvió de casa a los campaneros de la población. En la cocina, el mobiliario doméstico se entremezcla con las sogas que bajaban desde los badajos de las campanas, con las que cada día las mujeres de la casa -en ausencia del marido- regían la vida en las calles que se desarrollan en la falda del colina donde se alza este campanario.

Al frente de las campanas de la Torre pasaron varias generaciones de campaneros, hasta que la hija del último de ellos, Vicenta Mompó, por el aprecio que profesaba a las campanas junto a las que se había criado, asumió la responsabilidad de su toque hasta que, décadas más tarde, los motores sustituyeron tristemente sus manos.
La consideración de campanilla que Mompó ganarse entre el vecindario de Jérica no era, sin embargo, nada extensible ni a sus predecesoras ni a los cientos de mujeres que como

Pau Sarrió | Campaners de la catedral de València 02.03.2020 Levante

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