La innovación y la pereza

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“Oh Melibea, un dios nos dio esta ociosidad”; Virgilio; Bucólicas

La vida te ofrece oportunidades cuando menos te lo esperas. Leo ahora un opúsculo que adquirí hace ya tiempo: “El derecho a la pereza” de Paul Lafargue; algo trasnochado, como suele ser habitual en mis últimas lecturas. También, como casualidad y como causalidad, he oído o un joven anunciar ante un nutrido auditorio su proyecto empresarial: enseñar filosofía.

¿Así se innova? Existen muchos “especialistas” que desde el mercantilismo mas salvaje y con una visión decimonónica vestida de siglo XXI, equivocan una y otra vez su análisis, pareciéndose más la pitonisa de Delfos, que a cualquier profesional de lo humano, que tantos hubo y hay, y hoy silenciados por “doctos” expertos en “coaching”.

El valor ético del trabajo sometido al sistema y la generación de nuevos elementos tecnológicos de consumo han sido, son, junto con modelos de utilización gregaria de los consumidores, las recetas magistrales de las neo-sirenas de la emprendeduría.

pereza

La creatividad, es cierto, fue base para doradas épocas en donde habitaban las calles los grandes innovadores, pensadores, filósofos y hasta los doctos propagandistas del goce y el placer mundano; innovadores en lo cotidiano y generadores de estructuras como lo que hoy llamamos democracia, estado moderno, y de ciencias como la sociología, la antropología o el psicoanálisis.

Para entender al hombre, a su arte, a sus obras, no va equivocado el joven filósofo. No es una idea nueva, ya se usa a Baltasar Gracián en las escuelas de negocios de USA. Tan sólo queda discernir si nuestro camino es el del hombre inteligente con teléfono o el de los teléfonos inteligentes con hombre.

Elijo el primero y queda monetizar, eso sí que lo dejo en manos de los economistas, que para el filósofo, el trabajo y el dinero están prohibidos, nublan la visión de lo verdaderamente innovador y revolucionario.

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