FITUR durmiendo en una Corrala

Las corralas: edificios genuinamente madrileños.

corrala

Las corralas o casa de corredor son edificios populares dispuestos en torno a un patio central alargado, a cuyas viviendas, de pequeño tamaño, se accede por corredores abiertos que dan a dicho patio.
Parece ser que el antecedente más próximo de las corralas serían unas casas con corral o patio de tiempos de los romanos y de los árabes, y es muy posible que se construyesen edificios similares en la antigua Mesopotamia. También estarían emparentadas con los qurralat de los judíos. En el Madrid de los siglos XVI y XVII, con la llegada de una numerosa población atraída por el establecimiento de la Corte, se construyen las primeras corralas conocidas, cuya misión era dar cabida a las gentes sencillas que llegaban a la capital.
Fue en el XVI cuando algunas casas de corredor se alquilan a las cofradías para representar obras de teatro. Surgen corrales como los del Príncipe y La Cruz.
La construcción de las corralas se generaliza durante el siglo XIX para absorber la fuerte inmigración que llega del campo. Es entonces cuando las corralas ganan altura a consecuencia de la especulación, llegando a tener hasta 9 alturas. Benito Pérez Galdós, en su novela Fortunata y jacinta, describe con todo detalle la vida en las corralas de Lavapiés.
Como decía, la corrala es un tipo de vivienda muy característico de Madrid. En la península ibérica sólo hay otros dos modelos de cierta similitud: los corrales de vecinos en Sevilla (de origen musulmán, tristemente derribados en los años 70) y las ilhas en Oporto (curiosamente, estas últimas tienen el mismo nombre que unos bloques de pisos del tiempo de los romanos: las ínsulas).
En la comunidad de Madrid, las corralas abundan en el casco antiguo de Aranjuez, aunque muchas se han perdido. La influencia de la vivienda popular madrileña llegó a América y creó las “vecindades” de México, las “quintas” de Venezuela, y los conventillos de Chile y de Buenos Aires.

En las corralas madrileñas del siglo XIX . el hacinamiento de las familias obreras era la tónica general. Los habitáculos constaban de dos habitaciones, con una superficie total que solía ser inferior a los 20 metros cuadrados. El retrete estaba al final del patio y era común para los vecinos de cada planta.
Debido a la deficiente edificación y al mínimo grosor de los tabiques, la intimidad no era una cuestión fácil; sin embargo, las horas de siesta y de sueño se respetaban al máximo. La falta de privacidad podía ser un inconveniente, pero estaba compensada por la solidaridad entre los vecinos. Generalmente, los vecinos se conocían y se prestaban ayuda cuando la necesitaban.
Contra lo que puede pensarse, las corralas no eran edificios especialmente calurosos, ya que la particular disposición de patio y corredores hacía que el calor se suavizara un poco y corriese siempre algo de brisa. En el invierno, el frío también se atempera un poco.

Pese a la importancia incuestionable de este modelo de edificación autóctono, netamente madrileño, no existe hasta la fecha ningún estudio en profundidad sobre las corralas madrileñas. Tampoco está completo el censo de las mismas. Se calcula que puede haber en Madrid unas cuatrocientas corralas.
El desinterés de las diferentes administraciones hacia este modelo de arquitectura popular tuvo un momento feliz cuando, en época de Tierno Galván, las corralas se declararon edificios protegidos.

Las zonas donde más corralas nos quedan son Lavapiés y Embajadores, aunque también quedan casas de corredor en Arganzuela, Tetuán, Chamberí, Maravillas, Carabanchel, Latina y Vallecas.

La corrala más conocida de Madrid es la de la calle Sombrerete esquina a Mesón de Paredes, edificada en 1839, que es visible desde el exterior al haber perdido una parte del edificio. Son muy representativas las de Miguel Servet (hecha en 1749), la de Rollo nº 7 (posiblemente la más veterana, del año 1724), y las de la Ribera de Curtidores.

print