Buscando el tiempo

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El Tiempo
El Tiempo

Siempre está allí. Es el tiempo. Medimos lo pasado, pues lo presente es una sucesión de pasados continuos.
Desde siempre me ha interesado saber como percibimos el tiempo.
Galileo Galilei en el siglo XVI, descubrió lo que hoy se conoce como el isocronismo del péndulo y sentó las bases para construir el reloj de péndulo.
Organizamos el tiempo en períodos determinados, mas o menos precisos. Nuestra primera unidad de medida fueron los fenómenos conocidos que se repetían cíclicamente y que les resultaban fácilmente observables: los movimientos aparentes del Sol y de la Luna. El día duraba lo que tarda el Sol en realizar su recorrido por el cielo desde el mediodía de un día, hasta el mediodía del día siguiente. Se consideraba mes al lapso entre dos lunas llenas, y año , al período entre dos pasos del Sol por un mismo punto celeste.

Loba Capitolina. Fundación de Roma
Loba Capitolina. Fundación de Roma

Pero las matemáticas descubrieron el inconveniente de que el año no tiene un número exacto de días ni de meses lunares.
En un principio, los romanos numeraban sus años ab urbe condita (a.u.c.), es decir, “a partir de la fundación de la ciudad de Roma”. Es decir en nuestra costumbre, desde el 754 antes de Cristo.
El quinto rey de Roma, Lucio Tarquino Prisco, propuso un calendario de 12 meses. Un mes de 28 días (febrero), cuatro de 31 (marzo, mayo, quintilis y octubre), y siete de 29 (enero, abril, junio, sextilis, septiembre, noviembre y diciembre). Cada dos años se agregaba un mes adicional, intercalaris, que tenía 23 días. Como el año comenzaba el 1 de marzo, los agregados se hacían en febrero, el último mes del año. De allí los nombres de nuestros meses actuales: septiembre, octubre, noviembre y diciembre, que eran el séptimo, octavo, noveno y décimo mes del año.

Pero todo cambió a causa de una pequeña ciudad: Segeda o Sekaisa, capital de los celtíberos de la tribu de los Belos.

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Yo personalmente tenía muchas ganas de visitarla, los restos son escasos pero su historia y sobretodo la repercusión que tuvo es fascinante, llegando incluso a nuestros días.

Ejercito Romano (Recreación)
Ejercito Romano (Recreación)

A causa de la guerra entre los Belos y el Imperio Romano nuestro año empieza el 01 de Enero y no el 15 de Marzo que era cuando los cónsules romanos comenzaban sus funciones en el inicio del año. Segeda había acordado con Roma que a cambio de ciertos tributos y la no edificación de nuevas ciudades en sus territorios, el Senado Romano mantendría la paz con ella, además de mantener su autonomía y hegemonía sobre las demás poblaciones de su territorio, su propio sistema económico e incluso la facultad de poder acuñar moneda. Esta paz duró 25 años hasta que en el año 154 ac la ciudad de Segeda decidió ampliar sus murallas unos 8 kilometros para incluir dentro de ellas su creciente población. El senado de Roma tomó esta acción como una rotura de su acuerdo e insto a Segeda a cancelar la ampliación de las murallas. La asamblea de Segeda contestó a Roma, que su acuerdo era no construir nuevas ciudades pero eso no incluía la ampliación de las actuales. Roma no aceptó esa contestación y declaró la guerra a Segeda y a su vez a los pueblos celtíberos.
La preparación de la guerra por parte de Roma fue algo extraordinario, se reclutaron 4 legiones de cinco mil soldados cada una, más 10.000 auxiliares. Se tomaron decisiones importantes poco habituales, la primera de ella fue designar a un cónsul para dirigir la guerra en España, en lugar de lo habitual que era un pretor. La segunda fue adelantar la toma de posesión de sus funciones a las calendas de Enero del año 153 AC, celebrándose los comicios el 01 de Enero y quedando fijada esta fecha como el comienzo oficial del año.
Al adelantarse la llegada de las tropas romanas, los habitantes de Segeda pidieron ayuda a sus vecinos Árevacos, que accedieron a ayudarles y los acogieron en Numancia. Cuando las tropas romanas llegaron a las murallas de Segeda, se encontraron una tierra desierta y una ciudad vacía. Un confiado consul, seguro de su victoria, ordenó a sus tropas perseguir a los huidos moviendo su ejercito con rumbo a tierras Árevacas sin esperar la llegada de los elefantes ni de los Númidas que estaban todavía desembarcando en la costa, pero lo que el consul pensaba que era una desesperada huida, se convirtió en una gran estrategia por parte de los celtíberos que mientras guarecían a su población civil en Numancia, unían sus ejércitos en un punto intermedio entre Numancia y Segeda, donde el terreno les era favorable. Los celtíberos bajo el mando de Caro de Segeda, atacaron a las confiadas tropas romanas, acabando con más del 60% de su ejercito y derrotándoles severamente. Las tropas romanas tuvieron que replegarse y gracias a su caballería pudieron escapar de la trampa, consiguiendo además acabar con Caro, lo que significo la retirada de los celtíberos y su repliegue a Numancia.

Guerreros numantinos
Guerreros numantinos. Museo Numantino, Soria

El cónsul romano no cejó en su empeño de vencer a los celtiberos, pero esta vez sí que decidió esperar a los elefantes y los refuerzos para atacar Numancia. La ciudad fue atacada, pero fuertemente defendida consiguió repeler el ataque, con algo de fortuna ya que una de las piedras lanzadas desde las murallas, impactó en la cabeza de uno de los elefantes que ante el dolor, se dió la vuelta y asustando a los demás elefantes, inició una enorme estampida, creando un caos que los celtíberos aprovecharon para salir de su ciudad y atacar a los romanos, causándoles otras 4000 bajas y la perdida de 3 elefantes.
El ejercito romano se retiró a un campamento a 7 kilometros de Numancia para pasar el invierno, pero las condiciones eran extremas y las enfermedades, la falta de víveres y de combustible, fue diezmando las tropas romanas.
Marcelo, fue el siguiente cónsul sustituto de Nobilior, el cual al llegar al campamento en la siguiente primavera decidió no continuar la guerra ante la falta de efectivos y volvió a Roma. Para los celtíberos esto fue una gran victoria y tuvieron un tiempo de paz que incluso permitió a los habitantes de Segeda volver a su ciudad.
Varios embajadores celtíberos fueron enviados a Roma y aunque no se conocen los acuerdos tratados, si sabemos que al lado de la vieja Segeda se permitió la creación de una nueva ciudad que acogió a sus habitantes hasta su caída en el año 72 a.C en las guerras civiles romanas.
Por su parte, Numancia siguió siendo un quebradero de cabeza para Roma y finalmente cayó a manos de Escipión en el año 133 a.C. después de 15 meses de asedio.

En el año 48 a.C., Julio César le pidió a Sosígenes , astrónomo de Alejandría, que reformara el calendario para obtener mayor precisión y terminar con la falta de control sobre el mes adicional. El nuevo calendario fue finalmente adoptado en el año 46 a.C. y era idéntico al que había ideado, allá por el año 239 a.C., Aristarco, otro alejandrino que se habría inspirado en la ciencia de la antigua Babilonia. Sosígenes trabajó sobre el calendario solar, eliminó el mes intercalaris y definió 12 meses que duraban 30 y 31 días alternadamente, a excepción de febrero que era de 29. Así se sumaban 365 días. Para compensar el exceso de casi 6 horas por año, se agregaba un día más cada cuatro años.
El día que se intercalaba cada cuatro años se agregaba entre el 23 y el 24 de febrero. En ese entonces los días no tenían los nombres que hoy conocemos y el 23 de febrero era llamado sexto calendas Martias, o sea “sexto día antes de las calendas de marzo”, que era como se denominaba al 1 de marzo, comienzo del año.

El calendario definido con estas diferencias entre años comunes y años bisiestos se llamó calendario juliano.

 
El emperador Augusto, sucesor de Julio César, también hizo su aporte. En homenaje a este último, recientemente asesinado, le dio su nombre a quintilis, que a partir de entonces se llamó julio. Años más tarde quiso homenajearse a sí mismo y decidió dar su nombre a sextilis, que desde entonces se llamó agosto.

La forma de denominar los años llamándolos Anno Domini Nostri Jesu Christi o “en el año de Nuestro Señor Jesucristo” sería instituida alrededor del año 527 de nuestra era por el abad de Roma Dionisio el Exiguo , quien designó al año 754 a.u.c. como el año 1. En sus cálculos no proveyó a nuestra era de un año cero. Tampoco es asombroso, porque en la Europa altomedieval nadie conocía la cifra o el número cero. No obstante, la presencia de la palabra latina nulla en la tercera columna de su tabla de Pascua crea la impresión de que Dionisio el Exiguo conociera ese importante número. Pero no hay nada a partir de lo cual pudiera deducirse que su nulla fuese un cero verdadero (de todas formas, él no lo utilizó en sus cálculos). 
Un error acumulado a lo largo de los años provocó que el equinoccio de primavera ocurriera 10 días antes de lo que marcaba el calendario, con lo cual las festividades religiosas móviles, como la Semana Santa, ya no concordaban con la estación del año “adecuada”.

Gregorio XIII
Gregorio XIII
Pade desde el13 de mayo de 1572 hasta el10 de abril de 1585
(Ugo Buoncompagni)
(Bolonia, Italia, 7 de enero de 1502, Roma, Italia, 10 de abril de 1585)
Hijos: Giacomo Boncompagni

El desajuste era tan grande que el papa Gregorio XIII pidió auxilio al astrónomo y físico Aloysius Lilius y al matemático y astrónomo Christoph Clavius , quienes aportaron una solución en dos etapas. La primera, borrar de un plumazo 11 días de ese año y pasar directamente del jueves 4 al viernes 15 de octubre. La segunda, no considerar bisiestos los años terminados en doble cero, a menos que fuesen exactamente divisibles por 400. Por esa razón 1700, 1800 y 1900 no fueron bisiestos, pero sí lo fue el 2000.

La adopción del calendario gregoriano , llamado así por el Papa que lo propuso, fue más lenta de lo que podría pensarse. Ese calendario rige actualmente.
Fue adoptado inmediatamente por los países europeos con mayor tradición cristiana, pero debió esperar hasta 1927 para que lo adoptase Turquía.

 

 

 

“El Sol, la Luna y las otras cinco estrellas llamadas planetas fueron creadas por él (Dios) para distinguir y preservar los Números del Tiempo”, escribió Platón en sus Diálogos. Los griegos llamaban a los días de la semana “los días de los dioses” .

Los romanos, con deidades equivalentes a las griegas, fueron los que nos legaron los nombres que hoy reciben tanto los planetas como nuestros días de la semana. El domingo, en latín dies solis, era el día consagrado al sol. Posteriormente, en Inter Gravissimas, donde se publicaron las reformas efectuadas al calendario, se hace referencia al domingo de Pascua como dies dominicus, lo que significa día de Dios. La vinculación del resto de los días es más evidente. El lunes (dies Lunae) es el día de la Luna. El martes (dies Martis), el día de Marte. El miércoles (dies Mercurii), el día de Mercurio. El jueves (dies Jovis), el día de Júpiter. El viernes (dies Veneris), el día de Venus. Finalmente, el sábado (dies Saturni), el día de Saturno.

No se sabe muy bien en qué momento se generalizó el uso de semanas de siete días. Hasta la época republicana los romanos desconocían el período de siete días que actualmente llamamos semana. Fue el cristianismo el que adoptó, desde sus orígenes, la semana de siete días según el uso oriental. El orden de los días era el mismo que tenían los egipcios.

Los soldados romanos que ocuparon Egipto se acostumbraron a la semana pagana de siete días y la introdujeron en su propia tierra en reemplazo de su semana de ocho días. Augusto y sus sucesores romanos permitieron esta práctica, que fue oficializada por el emperador Constantino en el año 321 d.C.

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