Estación Nord de Barcelona: Alí Bey. Una historia y una calle.

Alí Bey suena a aventura y las estaciones tiene impregnadas las paredes de llegadas de ilusión, de aventuras y de despedidas amargas. Son condimentos románticos y de viaje. Son más de siglo y medio desde que comenzó su existencia, “Barcelona Nord”.

Alí Bey
Domingo Francisco Jorge  Badia i Leblich ; (1767-1818), conocido también como Alí Bey o Alí Bey el-Abbassi.

Estoy en la calle de Alí Bey, en la Estación Central de Autobuses de Barcelona.  Pocos años fue llamada “Estación de Zaragoza”, ya que pertenecía a la compañía de ferrocarriles que gestionaba la línea Zaragoza a Barcelona. Posteriormente se denominó “Barcelona-Vilanova”. Su uso ferroviario acabó un 23 de septiembre de 1972. Durante los Juegos Olímpico fue sede de las pruebas de tenis de mesa y desde diciembre del mismo año, 1992, pasó a ser definitivamente terminal de autobuses de largo recorrido.

Pero para el viajero curioso hoy no le llama la atención la típica estructura de su fábrica sino la calle que le lleva hasta ella.

Voy leyendo cuando camino. Desde los carteles publicitarios hasta los nombres de las calles y avenidas. Detrás de ellos siempre hay una historia para conocer.

Rodeado de nombres que rememoran personas o lugares unidos a la cultura y la historia de Catalunya o de Barcelona, me llama la atención un nombre: Alí Bey. ¿que significa éste nombre árabe en el callejero de Barcelona? Mi ignorancia es escandalosa pero sé el remedio: un rato en la biblioteca.

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Localizo un libro titulado “Alí Bey y los viajeros europeos a Oriente” de Patricia Almarcegui y comienzo a leerlo ávidamente.

Las sorpresas viajan velozmente desde la primera página.

Alí Bey o Alí Bey el-Abbassi es en realidad, o mejor dicho, inicialmente, Domingo Francisco Jorge Badía y Leblich, barcelonés, nacido en 1767 y lo fue todo: militar, espía, aventurero, maquinador de conquistas fustradas, ingeniero, botánico, arabista, …

A causa de los empleos de su padre a los once años se traslada a Andalucia donde se estableció heredando empleos que abandonaba su padre y embarcándose ya en estudios tan variopintos como el árabe o los de navegación aérea, incluída la construcción de un aerostático que le causó la ruina. Mientras publicaba, entre otras cosas, un manual para la fabricación de una olla económica, estudios y anotaciones sobre mediciones meteorológicas, el problema de la coagulación del aceite y del agua o disertaciones sobre la máquina de vacío de Boyle.

La bancarrota le llevó a instalarse en la Corte y de la mano de Manuel Godoy, ministro de Carlos IV, comienza su aventura viajera.

Disfrazado de príncipe sirio, a comienzos del s. XIX, toma camino a Londres y París donde se pertrecha de instrumentos y documentación para iniciar su viaje a Marruecos. Llega incluso a circuncidarse, no se sabe bien si por mejorar el disfraz o por motivos de una infidelidad prevista.

Marruecos, Argelia, Libia, Egipto, Arabia, Siria, Turquía, Grecia, fueron visitadas, estudiadas, dibujadas por Badía, que alternaba los motivos científicos con su condición, algunas veces caótica, de espía o estratega militar.

Visitó lugares desconocidos para los occidentales como la isla griega de Patmos, donde san Juan escribió el Apocalipsis y entró como peregrino a la misma Meca.

Los avatares políticos y bélico de Europa se movieron a presentarse a Napoleón quien lo recomendó a su hermano José I, llegando a ser, brevemente, Alcalde de Córdoba donde introdujo el cultivo de la remolacha y la patata.

Ya desde París, Badía partió hacia Damasco pero, interceptado por en contraespionaje inglés, murió envenenado en 1818.

Publicó “Travel of Ali-Bey”, en la que recogía sus viajes por el mundo árabe.

Da mucho de si un paseo tranquilo por las calles de cualquier ciudad. Ahora tomaré un autobús que me regrese a Zaragoza. Se algo más sobre Barcelona y, además, Ali Bey me ha resultado simpático.

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